Esta antigua forma de arte, llamada huichol, continúa con los huicholes, quienes cada año emprenden peregrinaciones a lo que llaman la tierra sagrada de Wirikuta. Aquí buscan un cactus del desierto llamado peyote, al que llaman "Venado Azul" por sus poderosas propiedades alucinógenas. Todos estos peregrinos, jóvenes y mayores, familias e individuos, llegan en masa, trayendo ofrendas, pues desean convertirse en sacerdotes y, como resultado, recibir el don especial de crear este arte divino. A diferencia de otras religiones y creencias, sus formas de oración son materiales y consisten en velas, máscaras e imágenes.
El pueblo huichol cree en los Primeros Pueblos, quienes, según ellos, forman parte de ancestros que hace siglos habitaron el desierto de Wirikuta. Tras siglos, algo los expulsó y vivieron una existencia agraria mortal en la Sierra Madre Occidental. Para regresar a la tierra sagrada, estos peregrinos deben recorrer más de 965 kilómetros de ida y vuelta, guiados por un chamán al que llaman mara'akame. A lo largo del viaje se realizan numerosas ceremonias y rituales para transformar a cada uno de ellos en deidades. En diferentes lugares y momentos, comienzan a adoptar identidades divinas adicionales, asumiendo las actitudes y sentimientos que se atribuyen a los Primeros Pueblos.
Se cree firmemente que, una vez realizadas correctamente las acciones y pensamientos ceremoniales, se encontrará el cactus del desierto y los peregrinos podrán "matarlo" con arcos y flechas. Después, se entrega una rebanada del cactus a los vencedores, y quienes la hayan comido tendrán visiones personales. Ahora podrán hablar con Dios y recibir voluntad e instrucciones directas, tras lo cual tendrán el poder de crear arte, curar o cantar. Esta es la meta más alta de cada huichol: alcanzar la forma más alta de religión, y este éxtasis les permite crear obras de arte.